Crecer, para Lamujerdemivida

Escribí una notita sobre "crecer" en el # de otoño 2014 de la revista Lamujerdemivida.



Crecer

Soy un Bart Simpson mal dibujado. Siempre pensé eso. De chico, cortaba sapos con un Tramontina. Le meaba la puerta a los vecinos. Y si perdía a algo, me agarraba a piñas. De chico, no fui al Nacional Buenos Aires ni tuve de mascota a una tortuga. Fui a un colegio público, me expulsaron y mi perro se murió. De chico, me arrojaba por la ventana del hogar y me dirigía a ningún lado. Con las uñas llenas de mugre, las rodillas peladas y una inocencia -cínica, cruel- a prueba de balas, salía a pelear con algún enemigo que no existía. Y, en cierta forma, todos me festejaban esa rebeldía. Madre, hermano, amigos, vecinos y compañeros de aventura. De alguna manera, ocurría un milagro: no era visto con desdén por cometer esas tropelías. Todo era vivido con cierta impunidad. Una impunidad gozosa, que permitía estirar las alas y planear todo lo que venga. Es que, en la escuela, pese a todo, me iba bien. Y aquello me otorgaba ciertas libertades. Entonces, era un arma de doble filo, una rara avis: un molesto cuyas maestras le ponían “muy bien, felicitado” en una cursiva soñada.
Pero, ¿dónde están aquellos kamikazes que se lanzaban conmigo por la ventana de sus hogares? Crecieron, son hombres, ya no están. Al mirarme en el espejo -uno, que convive con uno y es dueño de la única verdad, que es la realidad- se reflejan ahora las facciones de un adulto. Pero adentro, hay un niño que nunca pensó que podía tener una arruga, ni una cana, ni quedarse pelado. Y tiene todo eso y mucho más. Adentro, aún perdura la mirada de chacal de aquel niño que quiere empuñar un Tramontina para cortar un sapo, agarrarse el pito para mearle la puerta a algún vecino y trenzarse a piñas cuando las cosas no salen como lo planeado.
Hoy salgo a la calle preguntándole a todos “¿cómo va la batalla de nuestras vidas?”. Pero nadie responde. Sólo escucho la sirena de una fábrica o el freno de un colectivo hacinado en hora pico o la mueca de un gesto que ya no está. Uno que -creo- ya no tengo, ni volveré a tener.

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